Never had a dream come true

Sus lágrimas se iban deslizando lentamente por sus pálidas mejillas. Miraba al horizonte intentando encontrar el consuelo que necesitaba en las estrellas. La luna llena le sonreía con su halo de luz. Su cabeza reposaba sobre una piedra que estaba al lado del lago donde ella estaba sumergida. Sus cabellos rubios desprendían una luz blanquecina debido a los pequeños rayos de la luna que se colaban a través de las ramas de los grandes árboles que rodeaban el lago. Un suspiro salió de sus labios. Se deslizó por el agua hacia el lado norte, donde había un pequeño castillo iluminado por las lámparas de gas que colgaban del interior. A través de las ventanas vio a los reyes en su trono, viendo bailar a su hijo, el príncipe Derek. Bailaba una balada con una joven princesa de cabellos rojos que eran fuertemente iluminados por las lámparas. No pudo seguir mirando. Justo cuando se fue a dar la vuelta, Derek la miró. Su cara pareció darse cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo, pero ya era demasiado tarde. La chica desapareció de su vista. Unos segundos más tarde, ella se encontraba en el centro del lago. Ya era hora de su partida. En el fondo había un túnel que comunicaba con el mar. No esperó más, se hundió en el lago para irse de allí para siempre. Lo único que se pudo ver de ella fue su cola de sirena dorada iluminada por los rayos de la luna, porque, a fin de cuentas, ese era su destino, ser una sirena para siempre… para poder salvar a su amado de una muerte anunciada.


Este relato fue un regalo que escribí para la autora Lucía Glez. Lavado

La playa

Vuelvo a mirar el mar por última vez. Las olas llegan a la arena lentas, sin fuerza. El Sol se oculta tras los picos de las montañas a las que doy la espalda. Sus últimos rayos reflejan un mar cauto, adormecido, como si de un ángel se tratara. Miro más allá del horizonte, donde mar y cielo se fusionan mediante llamas doradas. No sé cuando volveré a verlo. Quizá el próximo año, o puede que nunca más. Por eso lo miro siempre de la misma manera, como si fuera la última. Saboreo este atardecer como si fuera un delicioso postre prohibido, como si le estuviera quitando a Dios parte de su visión…
Escucho mi nombre a lo lejos, ya es la hora de mi partida. Saco la cámara de fotos para llevarme este cuadro de recuerdo. Justo cuando voy a dar al botón, me detengo. No, no puedo, la fotografía no sabría plasmar los sentimientos que transmite este lugar, esta situación. Vuelvo a guardarla en mi bolso. Oigo otra vez mi nombre a lo lejos. Ahora sí que me despido. Espero volver, aunque sea tarde, lo único que quiero es volver… Noto como mi chico se me acerca por la espalda. Sus brazos rodean mi cuerpo y apoya su cabeza en mi cuello, mirando el atardecer con ojos nostálgicos. Volveremos-me dice- ya lo verás. Lo sé- respondo.

Bienvenidos

En este blog es donde empezaré a colgar mis relatos.