James

James volvió a torcer por otra calle, y ahí la vio. Delante de él, se encontraba su objetivo. Tan blanca que la nieve le tenía envidia. Tan grande que un avión se quedaba pequeño junto a él. Miró hacia los lados, vía libre, no había nadie. Siguió andando como si tal cosa hasta que llegó hasta la puerta de alambre por donde pasaban los coches. Se apoyó en lo barrotes cuando recibió una pequeña descarga eléctrica. Pegó un salto y se sacudió las manos. Le iba a ser más difícil de lo que pensaba. En ese momento varios coches pasaban, era su oportunidad, podía pasar. Ya había dado un paso, dos, tres... De repente todo se desvaneció, lo último que vio es el verde cespéd cerca de su cara, casi podía olerlo...

James se levantó de un salto de la calma, solo había sido un sueño, un sueño...



Aclaración: lo que ve es una casa, y este relato lo he hecho por un juego que hay que trata de poner una imagen y de ahí sacar un relato entre 4 u 8 líneas.

Anie

La niña paseaba sus pequeños ojos esmeralda por la ciudad. Las imágenes pasaban ante sus ojos rápidas, imposibles de guardar en la memoria. Se giró y vio a su tía sentada junto a ella. Iban en un coche de caballos que habían alquilado nada más bajar del barco, cerca de la plaza principal. Llovía sin parar en aquella tarde que cambiaría su vida para siempre… El coche se paró delante de un gran jardín. Había una enorme casa que imponía nada más mirarla. Era gris, triste y aterradora. En cambio, los pequeños jardines, verdes con arbustos, resaltaban la mínima alegría que podía encontrar. La niña, que llevaba un vestido rosa oscuro, se quedó embobada mirando todo lo que había a su alrededor, cuando una voz la llamó.

-Anie, ya hemos llegado. Baja enseguida -dijo su tía, que había bajado por la otra puerta-. Te gustará este lugar, Anie, ya lo verás.

La niña seguía sin escuchar nada ¿Cómo le iba a gustar, con lo triste que era? Finalmente bajó del coche y le dio la mano a la mujer. Mientras esperaban en la puerta, el cochero bajó sus maletas y las acompañó.

Llamaron al timbre, una voz sonó y rápidamente se abrió la puerta. Cruzaron el jardín observando a su alrededor. Llegaron a unas escaleras que conducían a una gran puerta gris, vieja pero elegante. Su tía llamó dos veces. Una señora abrió la puerta.

-Señora Merkel -dijo una señora que no tendría más de 30 años-. Pase por favor. La estábamos esperando.

Los tres entraron al recibidor. El interior relucía por su belleza y elegancia. Había unas escaleras que conducían hacia el primer piso. Alrededor de ella pudieron ver muchas puertas. Una de ellas daba a un pequeño despacho, del cual salió una mujer alta de ojos grises, con el pelo recogido en un moño.

-Señora Merkel -dijo la directora, la señora Nell-. Espero que haya tenido un buen viaje. ¿Es esta su sobrina? -señaló a Anie.

-Sí, así es -contestó Hannah Merkel-. Es mi adorable y pequeña Anie –sus ojos brillaban-. Espero que cuiden bien de ella hasta que… yo pueda hacerme cargo de su situación.

-Sin duda alguna, estará perfectamente –miró hacia las escaleras-. De este colegio han salido mujeres disciplinadas, y bien casadas con ricos herederos.

-No creo que Anie este tanto tiempo.

-Oh claro, por supuesto que no, esto era solo… como información.

-Tengo prisa, ha sido un placer señora Nell.

-El gusto ha sido mío –se estrecharon las manos.

-¿Dónde podría despedirme de mi sobrina… a solas?

-Allí, vaya por esa puerta.

Tía y sobrina se dieron la mano y anduvieron hacia la puerta. Entraron en un gran salón decorado de color rojo. Había grandes sofás y sillones en toda la habitación, y justo, en la pared de en medio, un retrato de un hombre. Anie se preguntó quien sería.

-Annie, escúchame bien, pequeña -empezó a decir su tía-. Ahora mismo no puedo cuidar de ti. Tengo que arreglar unos papeles que puede que me lleven unas semanas, pero mientras tanto, te quedarás en este colegio. ¿De acuerdo?

-No me gusta, tía Hannah. Es muy triste -la voz de Anie reflejaba todo el miedo y tristeza que sentía la niña-. Quiero irme contigo, ¡me portaré bien! Te ayudaré a hacer la comida…

-Anie ¡si solo tienes 5 años! No quieras crecer tan pronto.

-Quiero irme con mamá y papá.

-Sabes que ellos no volverán, Anie, lo sabes.

-¿Pero tú si, verdad?

Hannah la miró a los ojos, le daba pena dejar a su sobrina, pero no tenía más remedio.

-Claro que sí, pequeña, claro que volveré -las dos se abrazaron fuertemente durante un buen rato… hasta que alguien entró al salón.

-Señora Merkel -era la directora-. El cochero dice que se tienen que ir ya.

-De acuerdo -se soltó de los brazos de su sobrina-. Anie, cariño, regresaré pronto, lo prometo -la dio un beso en la frente-. Te quiero.

-Y yo -sollozó la pequeña.

Lo último que vio de su tía fue su largo vestido color esmeralda que tanto le gustaba. Su pelo castaño, largo y con tirabuzones, se movía al movimiento de sus pasos. Vio como se daba la vuelta y le guiñaba un ojo. Luego ya, tras desaparecer del salón, la imagen que apareció fue la de la directora… que parecía más siniestra con esa sonrisa demoníaca que le lanzó a la pequeña.

El Ángel

Si alguna vez tuviera que decidir entre seguir viviendo o vivir sin más, ¿qué elegiría? Alguien pensará que es lo mismo, pero no es así, no en mi situación. La vida en este lugar es horrible. Todo está perdido, las casas, los parques, los bosques, el castillo… todo. Oigo a lo lejos como las fuerzas enemigas avanzan hacia donde me sitúo, la catedral. Este sitio es el único reducto que todavía no han conquistado. Miro a través de las ventanas del interior hacia la planta de abajo. Mujeres, niños y ancianos están rezándole a Dios que esto acabe, que no les hagan nada, que les dejen vivir… Ellos saben cuál es el remedio que los salvaría, pero no lo quieren, no lo ven justo. Pero yo ¿qué? ¿Qué hago? Todo mi pueblo sabe que la única que pueda acabar con todo esto… soy yo. Pero no sé que hacer. Sé que si llegan, a mi no me tocarán, pero… ¿ellos? Acabaran como los guerreros, o aun peor… Necesito tiempo para pensarlo, solo un momento, dadme solo un momento…

Ya lo he pensado, y creo que es lo mejor que se puede hacer en esta situación. Me dirijo a las escaleras y las bajo lentamente, tocando cada trozo de pared para recordarme que sigo viva. En cuanto llego al piso, miles de ojos se posan en mí. Sé lo que piensan, pero yo no podría vivir así, sin ellos… Pasó a través de los bancos hacia la puerta. Justo cuando voy a abrir, noto que alguien me tira del vestido. "Princesa, que la luz te guíe allá adonde vayas". Es un niño rubio de unos 3 años el que me acaba de hablar, y además, me da una rosa roja. ¡Qué bonito! Por gente así, esto merece la pena. Me agacho y le doy un beso en la frente. "Gracias". Cojo la flor y salgo fuera.

Todo el mundo se queda mirando por las ventanas. Avanzo lentamente por el sendero negruzco que hay bajo mis pies. A lo lejos se ve a los enemigos, todavía no se han percatado de mi presencia…


Ya cuando llego se giran, nadie me detiene. Y sé por qué, tienen órdenes de no tocarme, y yo la de seguir adelante. Llego a la tienda que me esperaba, donde está el príncipe Mosón. Uno de sus secuaces entra corriendo a avisarle. Tal insolencia es esa de entrar sin llamar que el guerrero sale despedido por la puerta, ensangrentado. Me giro para ver dónde ha caído, y justo en ese momento escucho un gruñido. Me giro lentamente: aquí, delante de mí, tengo al príncipe Mosón, hijo del rey más malvado de las tierras de Tohr. Se me queda mirando sorprendido por mi actitud.

- Princesa, siempre puedes salvarte… y ya sabes cómo -. De su bolsillo saca una cajita, la misma que había visto años atrás, que contiene un anillo de diamantes. Como siempre, el mismo tema, que me case con él.

- Jamás.

- Muy bien, si esa es tu decisión -. Me mira con ojos desafiantes.

- Sí -. Respira resignado ante mi negativa.

- Lo siento princesa, pero no me dejas otra opción-. Justo cuando me va a coger presa, noto un frío que me atraviesa el estomago, según parece, Anmar, el capitán, me acaba de atravesar con su cruel espada.

- ¿Pero qué hace? ¡La quería viva!

- Lo siento señor, pero su padre me lo ordenó.

- Que demonios, ¡sálvala!

- No, son sus órdenes, y sabe que es lo mejor.

Tirada en el suelo, noto como el príncipe se echa sobre mí.

- Lo siento, lo siento mucho Lena, perdóname -. Hago un último esfuerzo por mirarle a la cara.

- Ahora el reino es tuyo.

- Yo sólo lo quiero si lo gobiernas conmigo.

- Sabes lo que pasaría, tu padre… nos mataría-.

Ya no me quedan fuerzas, cierro los ojos para dirigirme a mi destino... De repente, noto como se acerca a mi oído y me dice "te quiero", abro los ojos, y veo los suyos con lágrimas. Le trasmito con mi mirada que yo también, pero que no, ya nada… su imagen se va de mis ojos y aparece la de Anmar. Me coge y sin más me tira por el precipicio que hay. Lo último que noto, con los ojos cerrados, es como voy cayendo, cayendo, cayendo… un momento, ¿por que me he parado, sino me he dado con nada? La espada… no la noto. ¿Y que es esto que tengo a la espalda? No puede ser, no es posible, no puede ocurrir, ellos desaparecieron hace mucho tiempo, hace 18 años, los que tengo yo ahora… Por fin, ahora ya sí, sé quién es mi madre, y qué le pasó. Su raza fue perseguida y asesinada a los pocos días de nacer yo. Mi padre, el rey Alan, se había casado con… un ángel.

Vuelvo abrir los ojos. El capitán y los guerreros se me quedan mirando. Desprendo una luz blanca que se expande por todo la tierra. Mi gente sale del monasterio sorprendida, menos los ancianos… Sabía que ellos tenían información que yo no conocía. Desplegó mis alas y mando mi magia por el lugar, los guerreros y el capitán se mueren, menos el príncipe, él es el único que merece la pena. Me bajo para cercarme a él, que está arrodillado llorando, le levanto el mentón y me mira sorprendido, no había visto nada de lo anterior.

Sigo volando hacia el cielo, siendo reflejada por los rayos de sol que ya aparecen por el horizonte. Mi mano se separa de la suya lentamente. Sigo subiendo, extiendo mis brazo hacia esa luz blanca que me guía, ya llego a casa, a mi segundo lugar del cual yo pensé que no existía porque...

¿Quién cree en los ángeles si nunca los han visto?

Pues ahora yo sí creo en ellos

¿Y por qué?

Porque nunca he dejado de serlo.