La cascada

La cascada no parecía estar tan alta cuando llegué a su cima. Miré hacia abajo y vi el agua cristalina que dejaba ver los peces de colores del lugar. Me senté en unas rocas mientras sentía como el agua corría por mis pies. Estaba totalmente sola. Miré hacia el bosque que tenía en frente y vi un pequeño cervatillo. Se me quedó mirando y se fue. Yo seguí mirando el agua, como si fuera eso lo único importante…

Cuando los rayos de Sol dieron de lleno en mi cara supe que tenía que volver. Me levanté y me intenté secar las piernas, sin éxito. Llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta verde de tirantes. Ahora me tocaría volver a bajar todo lo que había subido, eso, o tirarme por la cascada. Volví a mirar hacia abajo, y la verdad que no parecía muy alta, aunque si había una gran profundidad. Meneé la cabeza, pensando. ¿Cómo iba a saltar? No había rocas, eso se veía perfectamente, y los peces era inofensivos. Cuando ya me iba a girar para emprender mi camino de vuelta a casa, oí un ruido. A unos 10 metros de mí se encontraba un jabalí totalmente enfurecido. No sé como habría llegado hasta aquí arriba, pero no tenía mucho tiempo para pensar, porque empezó a correr hacía mí.

¡Dioses! ¿Qué hacía? La bajada era muy empinada y me podía dar contra las rocas, en cambio, abajo había una especie de lago, pero no sabía nadar…

Justo cuando ya podía contar sus dientes, salté.