Aquí tenéis mi microrrelato para la III Edición Microrrelatos SMs
Dicen que el tiempo lo borra todo... menos el sentimiento que te deja un libro cuando lo cierras.
Si te gusta, puedes votarlo aquí.
Sueños
Aquí tenéis mi microrrelato que presenté a los premios de Microrrelatos SMs 2011
Hace tiempo encontré… un libro donde cada página te llevaba al país soñado. Que pena que me despertara...
Hace tiempo encontré… un libro donde cada página te llevaba al país soñado. Que pena que me despertara...
Sin libertad
Aquí tenéis mi microrrelato que presenté a los premios de Microrrelatos SMs 2010
No quedaban libros… que nos hicieran soñar. Los quemaron todos en algún lugar lejano, donde las lágrimas de los lectores no pudieron llegar...
No quedaban libros… que nos hicieran soñar. Los quemaron todos en algún lugar lejano, donde las lágrimas de los lectores no pudieron llegar...
Ella
Mirar por la ventana, coches que vienen y van. El mundo gira y gira a nuestro alrededor, y Ella se queda pensativa. Apoya su cabeza en una mano mientras con la otra toca la ventana. Piensa en cada persona que sus ojos casi no ven, ¿qué harán? ¿A dónde irán? Ideas, ideas y más ideas que se le ocurren y que podría plasmar en un papel.
Se gira y se dirige al escritorio, se sienta en la silla y coloca sus manos encima del teclado.
“A veces la mejor forma para poder escribir es observar el mundo”, piensa Ella, “está lleno de ideas”.
Se gira y se dirige al escritorio, se sienta en la silla y coloca sus manos encima del teclado.
“A veces la mejor forma para poder escribir es observar el mundo”, piensa Ella, “está lleno de ideas”.
Fan Fic Medianoche (Un buen comienzo), y explicaciones
¡Hola a todos!
Sí que hacía tiempo que no actualizaba el blog (desde el año pasado). Había incluso pensado en cerrarlo, pero luego recapacité :) Como vereis, le cambié el nombre al blog, ahora se llama "Un relato para sonreir" y el formato también es distinto.
Hoy he decidido colgar un Fan Fic que escribí para el concurso Rosas Oscuras de Juvenil Romántica. Es la continuación del primer capítulo de Medianoche, de Claudia Gray. Espero que os guste :)
Todos los personajes son de la autora Claudia Gray.
Un buen comienzo
Meneé la cabeza hacia los lados, no podía creer que se hubiera ido, ni que fuera un vampiro…
¡Qué tontería! ¿Lucas un vampiro? ¡Lo que me faltaba por pensar! Debería dejar de leer tanto pero en fin, ya no podía hacer nada, me encontraba sola en mitad del bosque ensimismada en mis pensamientos. Cogí mi bolsa y regresé a Medianoche.
Ya dentro del edificio me sentí mejor, no sabría decir por qué, pero la idea de poder ver a Lucas por la Academia me tranquilizaba, quizás esto no fuera tan malo como pensaba. Subí a mi habitación para terminar de recoger las cosas y trasladarme al otro cuarto. Tendría que compartirlo con dos compañeras más, y la verdad que la idea no me entusiasmaba, como todo lo de aquí, no había nada que me importara, a excepción de mis padres claro, o mejor dicho, mis profesores.
Suspiré, indignada, ¿y no podrían haber venido ellos solos y haberme dejado allí en el pueblo? ¡Qué ya era mayorcita! Pero nada, no hubo forma de convencerles.
Cogí las maletas y bajé las escaleras en dirección a la entrada. Nada más aparecer allí, vi que ya habían llegado unos cuantos alumnos solos, sin padres.
Mi mirada empezó a ir de la cara de un alumno a otro, intentando descifrar por qué estarían aquí. No creía que sus padres trabajaran aquí, sino hubieran estado aquí conmigo, haciéndome compañía. En ese momento había cinco chicas y cuatro chicos. No estaba mal, con lo grande que era el edificio, jugar al escondite iba a ser complicado para quien le tocara buscar a la gente.
Volví a menear la cabeza, ya me valía a mi edad pensar en juegos de niños, pero viéndome sola como estaba, ¿en que quería que pensara?
Seguí andando y me situé entre ellos. Parecía que ya se conocían, se daban efusivos abrazos y charlaban animadamente. ¡Cuánto deseé en ese momento que Lucas estuviera aquí conmigo! Justo cuando ya me iba a ir al lado de una pared para no parecer una marginada, la puerta se abrió. Entraron más personas con maletas, tanto chicos como chicas. Al menos el colegio era mixto. Me di la vuelta y ya por fin llegué a la pared. Desde ahí pude tener una mejor visión de la sala. Me agradó ver que no era la única que parecía estar fuera de lugar. Otra vez se volvió abrir la puerta y ahí, delante de mí, se encontraba aquel chico que había visto solo hace unos… ¿minutos? ¿Horas’? ¿Días?
Nuestros ojos se encontraran y una gran sonrisa apareció en su cara. ¡Qué guapo era! Me sonrojé y él empezó a andar hacia mí.
Mi corazón latía a 1000 por hora. ¿Seguro que venía hacía aquí? ¿No giraría de repente hacia la derecha o izquierda y me dejaría aquí de pie como un pasmarote? Una persona se cruzó por su camino haciéndole casi caer al suelo. El chico se disculpó y siguió su camino, y Lucas también. Cuando ya por fin llegó hasta mí, le dediqué una de mis mejores sonrisas.
-Me alegra volver a verte –me dijo Lucas sin para de mirarme, y de sonreírme.
-Yo también me alegro –no me lo podía creer. Le había hablado, ¡y no había tartamudeado! Me sentí orgullosa.
-No he querido llegar antes para no levantar sospechas –me guiñó un ojo.
-Hubiera sido un poco difícil que nos hubieran visto, ¿no crees?
-Bueno –miró al suelo-, por si acaso –me volvió a mirar-. Mejor prevenir que curar.
Reí. ¡Y pensar que me quería atacar cuando estaba escapándome de aquí! Seguimos hablando mientras no paraba de llegar más gente. Tantas voces juntas en la entrada hicieron que Lucas y yo nos tuviéramos que acercar más para podernos oírnos. Me contó cosas de su vida, yo de las mías. Nos parecíamos tanto…
En ese preciso instante, cuando me estaba contando una cosa en el oído debido al ruido ensordecedor que nos rodeaba, apareció mi padre.
Mi cara tuvo que ser todo un poema, porque mi padre se giró y pude ver que una sonrisa aparecía en sus labios. ¡No era justo! Ahora iría a decírselo a mi madre y empezarían las preguntas. Empecé a reírme, nerviosa.
-¿Qué te pasa? ¿Te hace gracia? –me preguntó Lucas, alzando una ceja.
-Sí… ¡No! –Alzó la otra ceja-. Quiero decir… -¿por qué me pondría tan nerviosa?- Acaba de vernos mi padre.
-¿Y qué?
-Que se ha creído otra cosa al vernos así.
-Bueno mujer, tampoco es para tanto, ¿acaso él no fue joven alguna vez?
-Sí –respondí- quizás tengas razón.
-La tengo.
Le miré y le pequé en el hombro. Él me miro, serio.
-Como en una pelea des así, vas a mandar a alguien al hospital.
-¡Qué gracioso!
Nos miramos a los ojos y no pudimos contener la risa. Nuestras carcajadas se oyeron por toda la entrada, cosa que no me extrañó. En ese momento todos se habían callado. Acababan de entrar a la Academia cinco personas, dos chicos y tres chicas para ser más exactos. Sus miradas estaban llenas de odio y de ira, como si no les gustara la compañía. Una chica rubia, que parecía la líder del grupo, analizó cada cara hasta llegar a la mía. Me quedé sin respiración, ¡sus ojos eran totalmente rojos! ¡Rojo cómo el fuego! Agradecí que en ese momento Lucas se pusiera delante de mí, evitando que pudiera seguir viéndola.
-Llegó la diva de Medianoche, ¿no crees?
No le respondí, esos ojos me dieron miedo.
Mucho miedo.
Sí que hacía tiempo que no actualizaba el blog (desde el año pasado). Había incluso pensado en cerrarlo, pero luego recapacité :) Como vereis, le cambié el nombre al blog, ahora se llama "Un relato para sonreir" y el formato también es distinto.
Hoy he decidido colgar un Fan Fic que escribí para el concurso Rosas Oscuras de Juvenil Romántica. Es la continuación del primer capítulo de Medianoche, de Claudia Gray. Espero que os guste :)
Todos los personajes son de la autora Claudia Gray.
Un buen comienzo
Meneé la cabeza hacia los lados, no podía creer que se hubiera ido, ni que fuera un vampiro…
¡Qué tontería! ¿Lucas un vampiro? ¡Lo que me faltaba por pensar! Debería dejar de leer tanto pero en fin, ya no podía hacer nada, me encontraba sola en mitad del bosque ensimismada en mis pensamientos. Cogí mi bolsa y regresé a Medianoche.
Ya dentro del edificio me sentí mejor, no sabría decir por qué, pero la idea de poder ver a Lucas por la Academia me tranquilizaba, quizás esto no fuera tan malo como pensaba. Subí a mi habitación para terminar de recoger las cosas y trasladarme al otro cuarto. Tendría que compartirlo con dos compañeras más, y la verdad que la idea no me entusiasmaba, como todo lo de aquí, no había nada que me importara, a excepción de mis padres claro, o mejor dicho, mis profesores.
Suspiré, indignada, ¿y no podrían haber venido ellos solos y haberme dejado allí en el pueblo? ¡Qué ya era mayorcita! Pero nada, no hubo forma de convencerles.
Cogí las maletas y bajé las escaleras en dirección a la entrada. Nada más aparecer allí, vi que ya habían llegado unos cuantos alumnos solos, sin padres.
Mi mirada empezó a ir de la cara de un alumno a otro, intentando descifrar por qué estarían aquí. No creía que sus padres trabajaran aquí, sino hubieran estado aquí conmigo, haciéndome compañía. En ese momento había cinco chicas y cuatro chicos. No estaba mal, con lo grande que era el edificio, jugar al escondite iba a ser complicado para quien le tocara buscar a la gente.
Volví a menear la cabeza, ya me valía a mi edad pensar en juegos de niños, pero viéndome sola como estaba, ¿en que quería que pensara?
Seguí andando y me situé entre ellos. Parecía que ya se conocían, se daban efusivos abrazos y charlaban animadamente. ¡Cuánto deseé en ese momento que Lucas estuviera aquí conmigo! Justo cuando ya me iba a ir al lado de una pared para no parecer una marginada, la puerta se abrió. Entraron más personas con maletas, tanto chicos como chicas. Al menos el colegio era mixto. Me di la vuelta y ya por fin llegué a la pared. Desde ahí pude tener una mejor visión de la sala. Me agradó ver que no era la única que parecía estar fuera de lugar. Otra vez se volvió abrir la puerta y ahí, delante de mí, se encontraba aquel chico que había visto solo hace unos… ¿minutos? ¿Horas’? ¿Días?
Nuestros ojos se encontraran y una gran sonrisa apareció en su cara. ¡Qué guapo era! Me sonrojé y él empezó a andar hacia mí.
Mi corazón latía a 1000 por hora. ¿Seguro que venía hacía aquí? ¿No giraría de repente hacia la derecha o izquierda y me dejaría aquí de pie como un pasmarote? Una persona se cruzó por su camino haciéndole casi caer al suelo. El chico se disculpó y siguió su camino, y Lucas también. Cuando ya por fin llegó hasta mí, le dediqué una de mis mejores sonrisas.
-Me alegra volver a verte –me dijo Lucas sin para de mirarme, y de sonreírme.
-Yo también me alegro –no me lo podía creer. Le había hablado, ¡y no había tartamudeado! Me sentí orgullosa.
-No he querido llegar antes para no levantar sospechas –me guiñó un ojo.
-Hubiera sido un poco difícil que nos hubieran visto, ¿no crees?
-Bueno –miró al suelo-, por si acaso –me volvió a mirar-. Mejor prevenir que curar.
Reí. ¡Y pensar que me quería atacar cuando estaba escapándome de aquí! Seguimos hablando mientras no paraba de llegar más gente. Tantas voces juntas en la entrada hicieron que Lucas y yo nos tuviéramos que acercar más para podernos oírnos. Me contó cosas de su vida, yo de las mías. Nos parecíamos tanto…
En ese preciso instante, cuando me estaba contando una cosa en el oído debido al ruido ensordecedor que nos rodeaba, apareció mi padre.
Mi cara tuvo que ser todo un poema, porque mi padre se giró y pude ver que una sonrisa aparecía en sus labios. ¡No era justo! Ahora iría a decírselo a mi madre y empezarían las preguntas. Empecé a reírme, nerviosa.
-¿Qué te pasa? ¿Te hace gracia? –me preguntó Lucas, alzando una ceja.
-Sí… ¡No! –Alzó la otra ceja-. Quiero decir… -¿por qué me pondría tan nerviosa?- Acaba de vernos mi padre.
-¿Y qué?
-Que se ha creído otra cosa al vernos así.
-Bueno mujer, tampoco es para tanto, ¿acaso él no fue joven alguna vez?
-Sí –respondí- quizás tengas razón.
-La tengo.
Le miré y le pequé en el hombro. Él me miro, serio.
-Como en una pelea des así, vas a mandar a alguien al hospital.
-¡Qué gracioso!
Nos miramos a los ojos y no pudimos contener la risa. Nuestras carcajadas se oyeron por toda la entrada, cosa que no me extrañó. En ese momento todos se habían callado. Acababan de entrar a la Academia cinco personas, dos chicos y tres chicas para ser más exactos. Sus miradas estaban llenas de odio y de ira, como si no les gustara la compañía. Una chica rubia, que parecía la líder del grupo, analizó cada cara hasta llegar a la mía. Me quedé sin respiración, ¡sus ojos eran totalmente rojos! ¡Rojo cómo el fuego! Agradecí que en ese momento Lucas se pusiera delante de mí, evitando que pudiera seguir viéndola.
-Llegó la diva de Medianoche, ¿no crees?
No le respondí, esos ojos me dieron miedo.
Mucho miedo.
La Cazadora
Este relato lo escribí para el concurso del blog El rincón de los relatos, llevado por Laura, autora del blog La Caja de Pandora, el cual recomiendo que visitéis, tiene cosas muy interesantes ^^
No gané, pero no pasa nada. El relato ganador está muy bien, y está escrito por Isuky, que lleva el blog de Yo leo... Fantástika. Puedes leer su relato aquí.
Y ahora os dejo el mío. Si queréis leerlo desde el blog, pinchad aquí.
La Cazadora se quedó quieta mientras intentaba escuchar el sonido del bosque. Avanzó unos pasos lentamente. Encorvada, sacó una flecha de su carcaj y la puso en el arco.
Oyó un ruido.
Se enderezó para tener un campo de visión mayor.
Nada.
Se encogió y siguió andando, despacio, camuflándose con el bosque, con el ruido de los árboles al soplar el viento.
Otro ruido, más cercano.
Tensó el arco, su objetivo andada por los alrededores, silencioso cuando le convenía.
Se movió un arbusto.
Ahí estaba. Avanzó lentamente, muy lentamente. No respiraba. Un paso en falso y todo esfuerzo se habría esfumado.
Un grito.
Dos pasos, dos eran los que les separaba de su presa.
Otro grito más.
Un paso. Tensó el arco más. Estaba preparada.
Algo se movió a su izquierda. La Cazadora miró hacia ese lado. Error.
Gran error.
A la mañana siguiente, un reguero de sangre apareció en mitad del bosque. Un carcaj, al lado. La flecha, en su presa.
La Cazadora.
Oyó un ruido.
Se enderezó para tener un campo de visión mayor.
Nada.
Se encogió y siguió andando, despacio, camuflándose con el bosque, con el ruido de los árboles al soplar el viento.
Otro ruido, más cercano.
Tensó el arco, su objetivo andada por los alrededores, silencioso cuando le convenía.
Se movió un arbusto.
Ahí estaba. Avanzó lentamente, muy lentamente. No respiraba. Un paso en falso y todo esfuerzo se habría esfumado.
Un grito.
Dos pasos, dos eran los que les separaba de su presa.
Otro grito más.
Un paso. Tensó el arco más. Estaba preparada.
Algo se movió a su izquierda. La Cazadora miró hacia ese lado. Error.
Gran error.
A la mañana siguiente, un reguero de sangre apareció en mitad del bosque. Un carcaj, al lado. La flecha, en su presa.
La Cazadora.
Días de verano
Es un song-fic de Harry Potter que escribí hace unos años. La canción que acompaña a la historia es Días de verano, de Amaral.
Todos los personajes son de J. K. Rowling.
Era un día de verano, el 31 de agosto para ser más exactos, y Harry Potter se encontraba en La Madriguera. La boda de Bill y Fleur ya había pasado. Al día siguiente iría a Hogwarts… si, al final decidió ir por un motivo, por Ginny, tenía que hablar con ella, tenía y quería hacerlo, pero ella le ignoraba, y es más, cuando supo que iba a ir, les dijo a sus padres que no quería ir, que la cambiaran de colegio… y eso hicieron. Ya solo quedaba un día para poder hablar con ella…
No quedan días de verano para pedirte perdón
para borrar del pasado el daño que te hice yo
Ella todavía estaba muy dolida cuando Harry cortó con ella, sabía que era lo mejor, pero le hizo mucho daño, le quería… Fue una despedida triste, fue en el funeral de Dumbledore, los dos tenían ese recuerdo en mente todos los días…
Sin besos de despedida y sin palabras bonitas
porque te miro a los ojos y no me sale la voz
Pero Harry se repetía una y otra vez eso era lo mejor, porque si Voldemort la utiliza, no lo iba a poder soportar… Que injusto es esta situación…
Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz
de esa mirada tuya
Solo queda un dia, un dia, tengo que hablar con ella, pero… ¿Seré capaz? Pensaba Harry una y otra vez vaya, empieza a llover, me voy a meter en casa
No quedan días de verano, el viento se los llevó
un cielo de nubes negras cubría el último adiós
fue sentir de repente tu ausencia como un eclipse de sol
¿por qué no vas a mi vera?
Al entrar vio a Ginny tumbada en el sofá, los dos se quedaron mirándose fijamente…
Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz de esa mirada tuya
esa mirada tuya…
Entonces Ginny se fue corriendo, Harry la intentó seguir pero no pudo, ella le acaba de lanzar un hechizo. No quería saber nada de él…
-¡Adiós Ginny, adiós…! -decía Harry gritando-. ¡Te quiero!
Al día siguiente en el expreso de Hogwarts, acompañado de Ron y Hermione, hablaban de Ginny. Decían que en esos días de verano, Harry había cambiado mucho… y que razón tenían…
Desde esos días de verano
vivo en el reino de soledad
nunca vas a saber como me siento
nadie va a adivinar como te recuerdo
-Claro que he cambiado, Ginny no quiere saber nada mas de mí… debe de odiarme -decía Harry apenado.
-No, no te odio -dijo alguien entrando en el vagón, era… Ginny. Harry se levantó y fue a abrazarla.
-Lo siento Ginny, de verdad…
-Harry, he sido una cabezota, perdóname…
-No, perdóname tu a mí, te quiero, solo que no quiero que vivas una vida… injusta.
-Solo será injusta si me quitan de tu lado, tu vida si que ha sido injusta, pero yo voy a hacer que eso cambie, te quiero Harry…
Y se besaron
Si pienso en ti y siento que esta vida no es justa
si pienso en ti...
esa mirada tuya
esa mirada tuya
No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano
Todos los personajes son de J. K. Rowling.
Era un día de verano, el 31 de agosto para ser más exactos, y Harry Potter se encontraba en La Madriguera. La boda de Bill y Fleur ya había pasado. Al día siguiente iría a Hogwarts… si, al final decidió ir por un motivo, por Ginny, tenía que hablar con ella, tenía y quería hacerlo, pero ella le ignoraba, y es más, cuando supo que iba a ir, les dijo a sus padres que no quería ir, que la cambiaran de colegio… y eso hicieron. Ya solo quedaba un día para poder hablar con ella…
No quedan días de verano para pedirte perdón
para borrar del pasado el daño que te hice yo
Ella todavía estaba muy dolida cuando Harry cortó con ella, sabía que era lo mejor, pero le hizo mucho daño, le quería… Fue una despedida triste, fue en el funeral de Dumbledore, los dos tenían ese recuerdo en mente todos los días…
Sin besos de despedida y sin palabras bonitas
porque te miro a los ojos y no me sale la voz
Pero Harry se repetía una y otra vez eso era lo mejor, porque si Voldemort la utiliza, no lo iba a poder soportar… Que injusto es esta situación…
Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz
de esa mirada tuya
Solo queda un dia, un dia, tengo que hablar con ella, pero… ¿Seré capaz? Pensaba Harry una y otra vez vaya, empieza a llover, me voy a meter en casa
No quedan días de verano, el viento se los llevó
un cielo de nubes negras cubría el último adiós
fue sentir de repente tu ausencia como un eclipse de sol
¿por qué no vas a mi vera?
Al entrar vio a Ginny tumbada en el sofá, los dos se quedaron mirándose fijamente…
Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz de esa mirada tuya
esa mirada tuya…
Entonces Ginny se fue corriendo, Harry la intentó seguir pero no pudo, ella le acaba de lanzar un hechizo. No quería saber nada de él…
-¡Adiós Ginny, adiós…! -decía Harry gritando-. ¡Te quiero!
Al día siguiente en el expreso de Hogwarts, acompañado de Ron y Hermione, hablaban de Ginny. Decían que en esos días de verano, Harry había cambiado mucho… y que razón tenían…
Desde esos días de verano
vivo en el reino de soledad
nunca vas a saber como me siento
nadie va a adivinar como te recuerdo
-Claro que he cambiado, Ginny no quiere saber nada mas de mí… debe de odiarme -decía Harry apenado.
-No, no te odio -dijo alguien entrando en el vagón, era… Ginny. Harry se levantó y fue a abrazarla.
-Lo siento Ginny, de verdad…
-Harry, he sido una cabezota, perdóname…
-No, perdóname tu a mí, te quiero, solo que no quiero que vivas una vida… injusta.
-Solo será injusta si me quitan de tu lado, tu vida si que ha sido injusta, pero yo voy a hacer que eso cambie, te quiero Harry…
Y se besaron
Si pienso en ti y siento que esta vida no es justa
si pienso en ti...
esa mirada tuya
esa mirada tuya
No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano
Mi mejor navidad
Hacía bastante que no actualizaba, pero es por el hecho que, de momento, no me hacía colgar más relatos... hasta hoy. Llevo unos días pensando si subía unos fan fics que hice de Harry Potter o no, y hoy he decidido colgar uno. Participé con él en el concurso de relatos navideños que organizaron en Potterfics en el cual... no gané. Pero no pasa nada, ¡lo importante es participar!
Podéis leerlo aquí, o a continuación, como querais ^_^
Dejar claro que los personajes son todos propiedad de J.K Rowling.
Querida Petunia:¿Qué tal las Navidades? Para mí estas fiestas serán una de las mejores de mi vida como podrás adivinar. Aunque es una pena que te hayas ido de vacaciones con tu marido y tu hijo, me hubiera gustado pasar esta noche con vosotros.Mamá y papá me llamaron hace dos días y me dijeron que les gustaba mucho España, allí no hace tanto frío como aquí.Espero que tengas una buena cena y que no te de mucha guerra Dudley. De momento Harry come bien, pero no nos deja dormir por la noche.Espero verte pronto.
Besos.
Lily Potter.
PD: espero que te gusten los regalos, están en el otro paquete. Y tranquila, los compré en el centro de Londres el otro día.
PD2: llámame cuando recibas la carta.
Dejé la pluma encima de la mesa y cogí la hoja para leerla.
No tenía esperanza de que me llamara, y mucho menos que leyera la carta. La doble y la metí en el sobre mientras la luz de la lámpara se reflejaba en mi vaso de agua. Me levanté y me acerqué a la lechuza. Até la carta a su pata, junto con el paquete de los regalos. Ella se posó en mi hombro y las dos nos fuimos al porche.
No tenía esperanza de que me llamara, y mucho menos que leyera la carta. La doble y la metí en el sobre mientras la luz de la lámpara se reflejaba en mi vaso de agua. Me levanté y me acerqué a la lechuza. Até la carta a su pata, junto con el paquete de los regalos. Ella se posó en mi hombro y las dos nos fuimos al porche.
-Acuérdate, Helly, deja la carta cerca de la casita pero que no te vean -cogí aire-. Y haz un poco de ruido para que salgan.
Ululó para contestar que me había entendido y echó a volar. Me la quedé mirando mientras desaparecía tras las nubes que tapaban la luna.
-Menos mal que no hay luna llena -dije en voz alta. Acto seguido, miré mi reloj-. Llegarán en 10 minutos -me giré y entré en mi casa.
La chimenea estaba encendida y daba calor a mi hogar. Encima de ella había tres calcetines de Papá Noel con las iniciales J, H y L.
Sonreí.
Me acerqué hasta poder tocar el calcetín de H, o mejor dicho de mi pequeño…
-¡Harry! ¿Por qué me haces esto? -oí a alguien protestar-. ¿Quieres que Canuto me vea hacer el ridículo?
Me giré y vi a mi marido vestido con un traje negro propio de estas fechas. Llevaba a nuestro hijo en brazos.
-Le tengo que volver a cambiar el pañal -me dijo cerrando los ojos.
-Ven, dámelo -se acercó mientras yo estiraba los brazos-. Ya le cambio yo.
-De ninguna manera, ¿con ese traje verde botella de tirantes que te has puesto? Me niego a que se manché -me dio un beso-. A ver si le cambio antes de que lleguen.
Sonó el timbro.
-Demasiado tarde -le contesté sonriendo.
James desapareció tras la puerta. Mientras me acercaba a la entrada pensé como habían cambiado nuestras vidas en estos años. Jamás imaginé casarme con él, y menos tener un hijo suyo.
-¡Sirius! ¡Remus! ¡Feliz Navidad! -exclamé cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraban dos de los mejores amigos de James.
-Lily, todavía no es Navidad -me contestó Sirius. Al igual que James, llevaba un traje negro, pero sin corbata.
-Veo que no has perdido tu sentido del humor, Black.
-Ya sabes como es Sirius, Lily- me contestó el antiguo prefecto de Gryffindor, Remus Lupin-, nunca cambiará.
-¡Qué razón tienes!
-¿Podéis para de hablar de mí como si no estuviera? -contestó Sirius.
Entraron por la puerta mientras me daban un abrazo cada uno. Vi que Sirius guardaba algo detrás de las cortinas, seguro que el regalo de Navidad de Harry.
-¿Dónde está mi ahijado?
-Dándole guerra a James.
-¡Fantástico! -Chasqueó los dedos-. Voy a verle.
Mientras subía las escaleras hacia la habitación de Harry, Remus y yo nos sentamos en el sofá.
-Peter no va a poder venir, me llamó para que te lo dijera - Remus también llevaba traje pero esta vez era gris y con corbata. No quería resaltar la extrema palidez que le acompañaba estos días.
-No pasa nada, ya le llamaré para desearle Feliz Navidad.
-Ya sabes como es él- se estiró en el sofá-, no es muy dado a este tipo de cosas.
-Así comeremos más.
Los dos nos reímos.
-No sé yo, estando aquí Sirius, acabará con toda la despensa.
-Espero que no tengas razón.
En ese momento James entró por la puerta del salón, enfadado.
-Tu hijo -me dijo, señalándome-, ha vuelto a dejarme en ridículo.
-No creo que sea para tanto, cariño.
-Ah, ¿no?
Se dio la vuelta. Tras él aparecieron Sirius y Harry, riendo.
-Este niño cada día me cae mejor.
-Pues te recuerdo, Canuto, que ese niño es mi hijo -dijo recalcando las últimas palabras.
-Lily -me dijo Sirius, serio- ¿Cuándo le vas a decir a James nuestra pequeña aventura?
Mientras Remus, Harry y yo nos echabamos a reír, James empezó a correr detrás de Sirius.
Éste, antes de huir, dejo a Harry en el sofá.
-¡Ven aquí! -Gritó mi marido- ¡Esta te la guardo!
-Era una broma, Cornamenta.
Se giraron a mirarnos. Nuestras carcajadas les recordaron que estábamos aquí.
-¿Os parece gracioso?
-Vosotros si que sois graciosos. ¡Vaya panda crios! -exclamó Remus.
-Venga Lunático, regáñanos como en el colegio -le retó Sirius.
-No- suspiró-. Vamos a cenar.
-Sí, que ya es hora -contesté.
Los cinco nos acercamos a la mesa. La cena ya estaba puesta y caliente. Cosas de la magia.
La cena transcurrió con tranquilidad. Reímos recordando viejos recuerdos mientras veíamos a Harry como intentaba hacer magia con una varita de regaliz totalmente inofensiva.
Ya pasada la noche, todos nos encontrábamos en el salón, charlando.
Ya pasada la noche, todos nos encontrábamos en el salón, charlando.
-Creo que me voy a ir ya -dijo Remus mientras se levantaba.
-Te acompaño hasta la puerta, Lunático -contestó James.
Mientras los dos se iban y Remus murmuraba un "Feliz Navidad", me quedé a solas con Harry y Sirius, ambos durmiendo con la boca abierta en el sofá.
-Elegimos a un buen padrino -dije mientras James volvía al salón
-No sé yo, tengo la sensación de que me robará a Harry.
-¡Qué tonto eres! Sirius nunca nos haría eso.
-Lo sé- se sentó en un sillón haciéndome guiños para que me acercara a él. Me senté sobre sus rodillas-. Aunque no me importaría que se quedara con él esta noche -me besó. Le devolví el beso mientras acariciaba su espalda. ¡Y pensar que durante muchos años le había odiado!
-Si queréis nos vamos -dijo una voz.
Sirius se acababa de despertar y nos miraba con su típica sonrisa picara.
-Quédate a dormir si quieres Canuto -contestó James-, en la habitación de Harry hay una cama.
-Eso haré -se estiró-. Pero me llevaré a Harry conmigo, no quiero que me lo malcriéis.
Se levantó con él en brazos y se acercó. Me dio un beso en la mejilla y palmeó la espalda de James.
-Pasad buena noche -guiñó un ojo-. Y Feliz Navidad.
-Feliz Navidad -contestamos a la vez.
Subió las escaleras despacio para que mi hijo no se despertara y entraron en su habitación, cerrando la puerta.
-Espero poder celebrar más navidades así, en paz y armonía, todos juntos -me miró- aunque espero que en la próxima este Peter.
-Ya veras las maravillosas navidades que tendremos James -le abracé-, y junto con Harry, serán aún mejor.
-Eso espero Lily -me volvió a besar- eso espero.
La huida (parte II)
Elea se despertó de golpe de la cama, cogiéndose las rodillas.Se llevó una mano al pelo, pensativa. Ese sueño se repetía una y otra vez desde que tenía 16 años, y ahora tenía 26. Posó sus pies sobre el frío suelo y echó andar hacia la ventana.La luna se asomaba entre árboles, haciendo que sus reflejos le dieran en la cara. Cerró los ojos, y suspiró. ¿Cuándo pararía esa pesadilla? Apoyó las manos sobre la mesa de madera que había debajo de la ventana. Dibujó, con el dedo, un círculo, mientras paseaba la mirada por la habitación.Volvió hacia la cama, todavía podía seguir durmiendo. Metió primero un pie entre las sábanas mientras que el otro tocaba el suelo. Justo cuando ya iba hacer lo mismo con el otro pie, rozó algo más frío. En un principio pensó que era imaginaciones suyas y se envolvió con la manta. Pero, en cuestión de segundos, se asomó desde la cama. Ahí, en el suelo, había una piedra totalmente ensangrentada. Y a su lado, unos zapatos.Sus zapatos.
La huida (parte I)
Bajó las escaleras de dos en dos lo más rápido que pudo. Miró hacia atrás, nada. La oscuridad se cernía sobre la escalera de la torre. Sin tiempo para pensar, Elea siguió bajando, no tenía tiempo, había que salir de allí cuanto antes. Sus pies doloridos reflejaban todo el camino que llevaba corriendo. Se paró al llegar a un tramo y se quitó los zapatos. Oyó un grito. Los tiró por la ventana y siguió bajando, parecía que esa torre era interminable, pero no importaba, tenía que salir, podía conseguirlo. Ya cuando le parecía ver algo de luz por la rendija de la puerta algo la atacó por detrás, haciéndole rodar. Sin perder la conciencia, se arrastró hasta la puerta, solo necesitaba un empujón y ya estaría a salvo. Ya casi podía sentir la madera bajo la yema de sus dedos. Solo un poquito más… De repente, se oyó un golpe seco y Elea cayó, inconsciente, al frío suelo.
La verdad, la pura realidad (El Ángel II).
Aclaración: este relato cuenta la historia antes y después del principio y fin de la guerra :)
La vida podía seguir siendo maravillosa si no hubiera cambiado nada.
Todavía tenía la sensación de sentirle aquí, a mi lado...
*** cinco años antes ***
—La llevaría hasta el fin del mundo si ese lugar existiera —me dijo Mosón por enésima vez.
El chico era el heredero al trono del país vecino. Vestía uno de sus mejores trajes de paseo de color azul oscuro que hacían juego con sus ojos, pero éstos de azul cielo. Los rayos del Sol robaban de su pelo castaño radiantes reflejos que me encantaba observar. Paseábamos por los jardines de su gran palacio. Su mano, que un minuto antes se encontraba en unos de sus bolsillos, se hallaba ahora entrelazada con la mía. Se la llevó a los labios.
—Cásate conmigo, Lena.
La aparté enseguida.
—Ya es la quinta vez que me lo pides, Mosón –le miré—, no seas cansino. ¡Y no me trates de
usted! —rió—. Hace mucho tiempo que nos conocemos.
—Y desde el primer momento en que te vi, me enamoraste – terminó de decir eso y me besó.
No me gustaba que hiciera ese tipo de cosas, pero me había pillado desprevenida. Intenté apartarme de él, pero mi corazón no quería, así que le correspondí.
—Mosón para, por favor –le dije en cuanto paramos para coger aire—. Nos podrían ver.
Se apartó de mí, mascullando entre dientes algo que sonaba como “y que más da”.
—Sabes que llevo razón –le contesté.
Mosón echó a andar hasta la fuente que había en el jardín. Se asomó para poder ver su reflejo y se apartó un mechón de pelo que le cubría los ojos. Se giró hacia mí.
—Ven –dijo en un susurro.
Me acerqué a él dejando que el Sol calentara mis mejillas. Cuando llegué a su altura, me invitó a sentarme en el borde de la fuente. Yo llevaba un vestido verde claro, propio de una princesa, lo cual era. En cuanto lo hice, él me imitó.
—Lena, te amo.
—Eso ya lo sé.
—Sé que somos jóvenes todavía, tú tienes 15 años y yo en unos días cumpliré los 18. Pero aun así… –me cogió otra vez de la mano-. Lena, no me importa lo que diga mi padre, yo te quiero por como eres –me miró a los ojos-. No me importa el reino, ni las tierras, ni el oro. No quiero nada de eso, solo te quiero a ti.
— ¡Oh, Mosón! –sus palabras me habían emocionado. Me iba a arrojar a sus brazos cuando oí una voz.
— ¡Lena! –era mi padre, el rey Eros-. ¡Ah, aquí estás! –se paró a escasos metros de nosotros-. O mejor dicho, aquí estáis —acababa de reparar en mi acompañante—. Buenas tardes, príncipe Mosón.
-Buenas tardes, rey Eros –se levantó, le apretó la mano e hizo una reverencia-. ¿Ya ha hablado con mi padre?
—Sí, acabamos de terminar la reunión –me miró-. Creo que hemos ganado un amigo.
Le sonreí. Nuestros reinos estaban enfrentados a raíz de mi negación a casarme con Mosón. No dudaba del amor del joven príncipe hacia mí, dudaba de las intenciones del que podría ser mi futuro suegro, el rey Set.
—Debemos irnos, Lena.
—De acuerdo –le contesté. Me giré hacia el príncipe-. Espero volver a verle pronto, príncipe Mosón –hice una reverencia-. Me pensaré su invitación
—Espero que sea positiva –me cogió la mano y la besó. Hizo una reverencia dirigida a mi padre y se quedó en el jardín, viéndonos marchar.
Mi padre y yo nos adentramos dentro de los caminos de castillo de rey. Las paredes nos proporcionaban sombra, pero también temor.
—Hija, ¿amas al joven príncipe de Tohr? –rompió el hielo mi padre.
—Yo –no supe que decirle-. Pues… - me miró- Sí, padre. Lo amo –agaché la cabeza, no quería que me viera llorar.
—Entonces, ¿por qué le rechazas una y otra vez?
—Pues… -¿le decía lo que creía, lo que el rey Set podría planear?-. No me gusta su padre.
—Pero con él no te vas a casar.
—Sus ambiciones son demasiado… –no sabía definirlo-, no me gustan padre, es un hombre en el cual no deberías confiar.
—Tranquila hija –me pasó el brazo por los hombros—. Con esta reunión hemos ganado un amigo.
Yo no pensaba eso, y mucho menos cuando una flecha pasó a escasos centímetros de nuestras cabezas y se estrelló contra la pared.
— ¡Guardias! –chilló mi padre.
Nuestros soldados llegaron corriendo a nosotros y nos escoltaron hasta abandonar el castillo. El último recuerdo que tengo de aquel suceso fue a Mosón con un arco en las manos, mirándome.
*********
Habían pasado cinco años de eso y todavía sentía dolor. Mosón nos había intentado asesinar, mi querido príncipe, mi amado joven.
Pero ahora todo había terminado. La guerra había llegado a su fin y nadie la había ganado. Su padre asesinó al mío hace unos años, y hacía un rato el general Anmar me había clavado su espada y me había arrojado por el precipicio, pero para sorpresa de todos, había sobrevivido…
Claro que si mi difunta madre era un ángel, yo también lo era… Así que yo, solita, tras convertirme en un ángel mientras caía por el precipicio, con mi poder, había acabado con el ejército enemigo, pero no con él, no con…
— ¡Lena! –chilló Mosón, su voz era inconfundible-. ¡Por favor Lena, no me abandones! ¡No te vayas! –había seguido mi rastro—. Vuelve conmigo ahora que todo ha acabado —no le miré—. ¡Lena por favor!
—Tu padre mató al mío... —arrastré las palabras.
—Lo sé Lena, te intenté avisar pero no me dejaban verte –le di la espalada—. Y aún no sé por qué…
— ¿¡Qué no lo sabes, qué no lo sabes!? —le miré a los ojos, él retrocedió—. ¡Intentaste matarnos, a mí y a mi padre!
— ¡Eso es mentira!
— ¿Cómo te atreves? –me encaré a él—. Sabes que es verdad, la flecha que salió disparada hacia nosotros… ¡Tú tenías el arco cuando te vi!
—Pero, pero… –no articulaba palabra—. Lena, ¿como pudiste pensar eso? Lena, mi vida, acababa de ver al hijo de Anmar apuntando en vuestra dirección y le empujé para que no os diera –le miré—. Sabes que él tiene muy buena puntería, y eso jamás lo hubiera fallado.
Me quedé sin habla. En eso tenía razón, y además había oído rumores de la “traición” del hijo de Anmar, pero jamás imaginé…
— ¿Y cómo se que eso es verdad? –le espeté.
Se acercó a mí lentamente. Cuando nuestras cabezas se encontraron, se dio la vuelta y empezó a arremangarse la camisa.
Miré su espalda, perpleja. Tenía cicatrices por toda ella, pero una destacaba por encima de las demás, era una gruesa línea diagonal que le cruzaba toda la espalda.
—Este fue mi castigo.
No necesité escuchar más. Me puse en frente de él y, como había hecho aquel joven príncipe hace años conmigo, le besé, pillándole desprevenido.
La vida podía seguir siendo maravillosa si no hubiera cambiado nada.
Todavía tenía la sensación de sentirle aquí, a mi lado...
*** cinco años antes ***
—La llevaría hasta el fin del mundo si ese lugar existiera —me dijo Mosón por enésima vez.
El chico era el heredero al trono del país vecino. Vestía uno de sus mejores trajes de paseo de color azul oscuro que hacían juego con sus ojos, pero éstos de azul cielo. Los rayos del Sol robaban de su pelo castaño radiantes reflejos que me encantaba observar. Paseábamos por los jardines de su gran palacio. Su mano, que un minuto antes se encontraba en unos de sus bolsillos, se hallaba ahora entrelazada con la mía. Se la llevó a los labios.
—Cásate conmigo, Lena.
La aparté enseguida.
—Ya es la quinta vez que me lo pides, Mosón –le miré—, no seas cansino. ¡Y no me trates de
usted! —rió—. Hace mucho tiempo que nos conocemos.
—Y desde el primer momento en que te vi, me enamoraste – terminó de decir eso y me besó.
No me gustaba que hiciera ese tipo de cosas, pero me había pillado desprevenida. Intenté apartarme de él, pero mi corazón no quería, así que le correspondí.
—Mosón para, por favor –le dije en cuanto paramos para coger aire—. Nos podrían ver.
Se apartó de mí, mascullando entre dientes algo que sonaba como “y que más da”.
—Sabes que llevo razón –le contesté.
Mosón echó a andar hasta la fuente que había en el jardín. Se asomó para poder ver su reflejo y se apartó un mechón de pelo que le cubría los ojos. Se giró hacia mí.
—Ven –dijo en un susurro.
Me acerqué a él dejando que el Sol calentara mis mejillas. Cuando llegué a su altura, me invitó a sentarme en el borde de la fuente. Yo llevaba un vestido verde claro, propio de una princesa, lo cual era. En cuanto lo hice, él me imitó.
—Lena, te amo.
—Eso ya lo sé.
—Sé que somos jóvenes todavía, tú tienes 15 años y yo en unos días cumpliré los 18. Pero aun así… –me cogió otra vez de la mano-. Lena, no me importa lo que diga mi padre, yo te quiero por como eres –me miró a los ojos-. No me importa el reino, ni las tierras, ni el oro. No quiero nada de eso, solo te quiero a ti.
— ¡Oh, Mosón! –sus palabras me habían emocionado. Me iba a arrojar a sus brazos cuando oí una voz.
— ¡Lena! –era mi padre, el rey Eros-. ¡Ah, aquí estás! –se paró a escasos metros de nosotros-. O mejor dicho, aquí estáis —acababa de reparar en mi acompañante—. Buenas tardes, príncipe Mosón.
-Buenas tardes, rey Eros –se levantó, le apretó la mano e hizo una reverencia-. ¿Ya ha hablado con mi padre?
—Sí, acabamos de terminar la reunión –me miró-. Creo que hemos ganado un amigo.
Le sonreí. Nuestros reinos estaban enfrentados a raíz de mi negación a casarme con Mosón. No dudaba del amor del joven príncipe hacia mí, dudaba de las intenciones del que podría ser mi futuro suegro, el rey Set.
—Debemos irnos, Lena.
—De acuerdo –le contesté. Me giré hacia el príncipe-. Espero volver a verle pronto, príncipe Mosón –hice una reverencia-. Me pensaré su invitación
—Espero que sea positiva –me cogió la mano y la besó. Hizo una reverencia dirigida a mi padre y se quedó en el jardín, viéndonos marchar.
Mi padre y yo nos adentramos dentro de los caminos de castillo de rey. Las paredes nos proporcionaban sombra, pero también temor.
—Hija, ¿amas al joven príncipe de Tohr? –rompió el hielo mi padre.
—Yo –no supe que decirle-. Pues… - me miró- Sí, padre. Lo amo –agaché la cabeza, no quería que me viera llorar.
—Entonces, ¿por qué le rechazas una y otra vez?
—Pues… -¿le decía lo que creía, lo que el rey Set podría planear?-. No me gusta su padre.
—Pero con él no te vas a casar.
—Sus ambiciones son demasiado… –no sabía definirlo-, no me gustan padre, es un hombre en el cual no deberías confiar.
—Tranquila hija –me pasó el brazo por los hombros—. Con esta reunión hemos ganado un amigo.
Yo no pensaba eso, y mucho menos cuando una flecha pasó a escasos centímetros de nuestras cabezas y se estrelló contra la pared.
— ¡Guardias! –chilló mi padre.
Nuestros soldados llegaron corriendo a nosotros y nos escoltaron hasta abandonar el castillo. El último recuerdo que tengo de aquel suceso fue a Mosón con un arco en las manos, mirándome.
*********
Habían pasado cinco años de eso y todavía sentía dolor. Mosón nos había intentado asesinar, mi querido príncipe, mi amado joven.
Pero ahora todo había terminado. La guerra había llegado a su fin y nadie la había ganado. Su padre asesinó al mío hace unos años, y hacía un rato el general Anmar me había clavado su espada y me había arrojado por el precipicio, pero para sorpresa de todos, había sobrevivido…
Claro que si mi difunta madre era un ángel, yo también lo era… Así que yo, solita, tras convertirme en un ángel mientras caía por el precipicio, con mi poder, había acabado con el ejército enemigo, pero no con él, no con…
— ¡Lena! –chilló Mosón, su voz era inconfundible-. ¡Por favor Lena, no me abandones! ¡No te vayas! –había seguido mi rastro—. Vuelve conmigo ahora que todo ha acabado —no le miré—. ¡Lena por favor!
—Tu padre mató al mío... —arrastré las palabras.
—Lo sé Lena, te intenté avisar pero no me dejaban verte –le di la espalada—. Y aún no sé por qué…
— ¿¡Qué no lo sabes, qué no lo sabes!? —le miré a los ojos, él retrocedió—. ¡Intentaste matarnos, a mí y a mi padre!
— ¡Eso es mentira!
— ¿Cómo te atreves? –me encaré a él—. Sabes que es verdad, la flecha que salió disparada hacia nosotros… ¡Tú tenías el arco cuando te vi!
—Pero, pero… –no articulaba palabra—. Lena, ¿como pudiste pensar eso? Lena, mi vida, acababa de ver al hijo de Anmar apuntando en vuestra dirección y le empujé para que no os diera –le miré—. Sabes que él tiene muy buena puntería, y eso jamás lo hubiera fallado.
Me quedé sin habla. En eso tenía razón, y además había oído rumores de la “traición” del hijo de Anmar, pero jamás imaginé…
— ¿Y cómo se que eso es verdad? –le espeté.
Se acercó a mí lentamente. Cuando nuestras cabezas se encontraron, se dio la vuelta y empezó a arremangarse la camisa.
Miré su espalda, perpleja. Tenía cicatrices por toda ella, pero una destacaba por encima de las demás, era una gruesa línea diagonal que le cruzaba toda la espalda.
—Este fue mi castigo.
No necesité escuchar más. Me puse en frente de él y, como había hecho aquel joven príncipe hace años conmigo, le besé, pillándole desprevenido.
La cascada
La cascada no parecía estar tan alta cuando llegué a su cima. Miré hacia abajo y vi el agua cristalina que dejaba ver los peces de colores del lugar. Me senté en unas rocas mientras sentía como el agua corría por mis pies. Estaba totalmente sola. Miré hacia el bosque que tenía en frente y vi un pequeño cervatillo. Se me quedó mirando y se fue. Yo seguí mirando el agua, como si fuera eso lo único importante…
Cuando los rayos de Sol dieron de lleno en mi cara supe que tenía que volver. Me levanté y me intenté secar las piernas, sin éxito. Llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta verde de tirantes. Ahora me tocaría volver a bajar todo lo que había subido, eso, o tirarme por la cascada. Volví a mirar hacia abajo, y la verdad que no parecía muy alta, aunque si había una gran profundidad. Meneé la cabeza, pensando. ¿Cómo iba a saltar? No había rocas, eso se veía perfectamente, y los peces era inofensivos. Cuando ya me iba a girar para emprender mi camino de vuelta a casa, oí un ruido. A unos 10 metros de mí se encontraba un jabalí totalmente enfurecido. No sé como habría llegado hasta aquí arriba, pero no tenía mucho tiempo para pensar, porque empezó a correr hacía mí.
¡Dioses! ¿Qué hacía? La bajada era muy empinada y me podía dar contra las rocas, en cambio, abajo había una especie de lago, pero no sabía nadar…
Justo cuando ya podía contar sus dientes, salté.
Cuando los rayos de Sol dieron de lleno en mi cara supe que tenía que volver. Me levanté y me intenté secar las piernas, sin éxito. Llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta verde de tirantes. Ahora me tocaría volver a bajar todo lo que había subido, eso, o tirarme por la cascada. Volví a mirar hacia abajo, y la verdad que no parecía muy alta, aunque si había una gran profundidad. Meneé la cabeza, pensando. ¿Cómo iba a saltar? No había rocas, eso se veía perfectamente, y los peces era inofensivos. Cuando ya me iba a girar para emprender mi camino de vuelta a casa, oí un ruido. A unos 10 metros de mí se encontraba un jabalí totalmente enfurecido. No sé como habría llegado hasta aquí arriba, pero no tenía mucho tiempo para pensar, porque empezó a correr hacía mí.
¡Dioses! ¿Qué hacía? La bajada era muy empinada y me podía dar contra las rocas, en cambio, abajo había una especie de lago, pero no sabía nadar…
Justo cuando ya podía contar sus dientes, salté.
James
James volvió a torcer por otra calle, y ahí la vio. Delante de él, se encontraba su objetivo. Tan blanca que la nieve le tenía envidia. Tan grande que un avión se quedaba pequeño junto a él. Miró hacia los lados, vía libre, no había nadie. Siguió andando como si tal cosa hasta que llegó hasta la puerta de alambre por donde pasaban los coches. Se apoyó en lo barrotes cuando recibió una pequeña descarga eléctrica. Pegó un salto y se sacudió las manos. Le iba a ser más difícil de lo que pensaba. En ese momento varios coches pasaban, era su oportunidad, podía pasar. Ya había dado un paso, dos, tres... De repente todo se desvaneció, lo último que vio es el verde cespéd cerca de su cara, casi podía olerlo...
James se levantó de un salto de la calma, solo había sido un sueño, un sueño...
Aclaración: lo que ve es una casa, y este relato lo he hecho por un juego que hay que trata de poner una imagen y de ahí sacar un relato entre 4 u 8 líneas.
James se levantó de un salto de la calma, solo había sido un sueño, un sueño...
Aclaración: lo que ve es una casa, y este relato lo he hecho por un juego que hay que trata de poner una imagen y de ahí sacar un relato entre 4 u 8 líneas.
Anie
La niña paseaba sus pequeños ojos esmeralda por la ciudad. Las imágenes pasaban ante sus ojos rápidas, imposibles de guardar en la memoria. Se giró y vio a su tía sentada junto a ella. Iban en un coche de caballos que habían alquilado nada más bajar del barco, cerca de la plaza principal. Llovía sin parar en aquella tarde que cambiaría su vida para siempre… El coche se paró delante de un gran jardín. Había una enorme casa que imponía nada más mirarla. Era gris, triste y aterradora. En cambio, los pequeños jardines, verdes con arbustos, resaltaban la mínima alegría que podía encontrar. La niña, que llevaba un vestido rosa oscuro, se quedó embobada mirando todo lo que había a su alrededor, cuando una voz la llamó.
-Anie, ya hemos llegado. Baja enseguida -dijo su tía, que había bajado por la otra puerta-. Te gustará este lugar, Anie, ya lo verás.
La niña seguía sin escuchar nada ¿Cómo le iba a gustar, con lo triste que era? Finalmente bajó del coche y le dio la mano a la mujer. Mientras esperaban en la puerta, el cochero bajó sus maletas y las acompañó.
Llamaron al timbre, una voz sonó y rápidamente se abrió la puerta. Cruzaron el jardín observando a su alrededor. Llegaron a unas escaleras que conducían a una gran puerta gris, vieja pero elegante. Su tía llamó dos veces. Una señora abrió la puerta.
-Señora Merkel -dijo una señora que no tendría más de 30 años-. Pase por favor. La estábamos esperando.
Los tres entraron al recibidor. El interior relucía por su belleza y elegancia. Había unas escaleras que conducían hacia el primer piso. Alrededor de ella pudieron ver muchas puertas. Una de ellas daba a un pequeño despacho, del cual salió una mujer alta de ojos grises, con el pelo recogido en un moño.
-Señora Merkel -dijo la directora, la señora Nell-. Espero que haya tenido un buen viaje. ¿Es esta su sobrina? -señaló a Anie.
-Sí, así es -contestó Hannah Merkel-. Es mi adorable y pequeña Anie –sus ojos brillaban-. Espero que cuiden bien de ella hasta que… yo pueda hacerme cargo de su situación.
-Sin duda alguna, estará perfectamente –miró hacia las escaleras-. De este colegio han salido mujeres disciplinadas, y bien casadas con ricos herederos.
-No creo que Anie este tanto tiempo.
-Oh claro, por supuesto que no, esto era solo… como información.
-Tengo prisa, ha sido un placer señora Nell.
-El gusto ha sido mío –se estrecharon las manos.
-¿Dónde podría despedirme de mi sobrina… a solas?
-Allí, vaya por esa puerta.
Tía y sobrina se dieron la mano y anduvieron hacia la puerta. Entraron en un gran salón decorado de color rojo. Había grandes sofás y sillones en toda la habitación, y justo, en la pared de en medio, un retrato de un hombre. Anie se preguntó quien sería.
-Annie, escúchame bien, pequeña -empezó a decir su tía-. Ahora mismo no puedo cuidar de ti. Tengo que arreglar unos papeles que puede que me lleven unas semanas, pero mientras tanto, te quedarás en este colegio. ¿De acuerdo?
-No me gusta, tía Hannah. Es muy triste -la voz de Anie reflejaba todo el miedo y tristeza que sentía la niña-. Quiero irme contigo, ¡me portaré bien! Te ayudaré a hacer la comida…
-Anie ¡si solo tienes 5 años! No quieras crecer tan pronto.
-Quiero irme con mamá y papá.
-Sabes que ellos no volverán, Anie, lo sabes.
-¿Pero tú si, verdad?
Hannah la miró a los ojos, le daba pena dejar a su sobrina, pero no tenía más remedio.
-Claro que sí, pequeña, claro que volveré -las dos se abrazaron fuertemente durante un buen rato… hasta que alguien entró al salón.
-Señora Merkel -era la directora-. El cochero dice que se tienen que ir ya.
-De acuerdo -se soltó de los brazos de su sobrina-. Anie, cariño, regresaré pronto, lo prometo -la dio un beso en la frente-. Te quiero.
-Y yo -sollozó la pequeña.
Lo último que vio de su tía fue su largo vestido color esmeralda que tanto le gustaba. Su pelo castaño, largo y con tirabuzones, se movía al movimiento de sus pasos. Vio como se daba la vuelta y le guiñaba un ojo. Luego ya, tras desaparecer del salón, la imagen que apareció fue la de la directora… que parecía más siniestra con esa sonrisa demoníaca que le lanzó a la pequeña.
-Anie, ya hemos llegado. Baja enseguida -dijo su tía, que había bajado por la otra puerta-. Te gustará este lugar, Anie, ya lo verás.
La niña seguía sin escuchar nada ¿Cómo le iba a gustar, con lo triste que era? Finalmente bajó del coche y le dio la mano a la mujer. Mientras esperaban en la puerta, el cochero bajó sus maletas y las acompañó.
Llamaron al timbre, una voz sonó y rápidamente se abrió la puerta. Cruzaron el jardín observando a su alrededor. Llegaron a unas escaleras que conducían a una gran puerta gris, vieja pero elegante. Su tía llamó dos veces. Una señora abrió la puerta.
-Señora Merkel -dijo una señora que no tendría más de 30 años-. Pase por favor. La estábamos esperando.
Los tres entraron al recibidor. El interior relucía por su belleza y elegancia. Había unas escaleras que conducían hacia el primer piso. Alrededor de ella pudieron ver muchas puertas. Una de ellas daba a un pequeño despacho, del cual salió una mujer alta de ojos grises, con el pelo recogido en un moño.
-Señora Merkel -dijo la directora, la señora Nell-. Espero que haya tenido un buen viaje. ¿Es esta su sobrina? -señaló a Anie.
-Sí, así es -contestó Hannah Merkel-. Es mi adorable y pequeña Anie –sus ojos brillaban-. Espero que cuiden bien de ella hasta que… yo pueda hacerme cargo de su situación.
-Sin duda alguna, estará perfectamente –miró hacia las escaleras-. De este colegio han salido mujeres disciplinadas, y bien casadas con ricos herederos.
-No creo que Anie este tanto tiempo.
-Oh claro, por supuesto que no, esto era solo… como información.
-Tengo prisa, ha sido un placer señora Nell.
-El gusto ha sido mío –se estrecharon las manos.
-¿Dónde podría despedirme de mi sobrina… a solas?
-Allí, vaya por esa puerta.
Tía y sobrina se dieron la mano y anduvieron hacia la puerta. Entraron en un gran salón decorado de color rojo. Había grandes sofás y sillones en toda la habitación, y justo, en la pared de en medio, un retrato de un hombre. Anie se preguntó quien sería.
-Annie, escúchame bien, pequeña -empezó a decir su tía-. Ahora mismo no puedo cuidar de ti. Tengo que arreglar unos papeles que puede que me lleven unas semanas, pero mientras tanto, te quedarás en este colegio. ¿De acuerdo?
-No me gusta, tía Hannah. Es muy triste -la voz de Anie reflejaba todo el miedo y tristeza que sentía la niña-. Quiero irme contigo, ¡me portaré bien! Te ayudaré a hacer la comida…
-Anie ¡si solo tienes 5 años! No quieras crecer tan pronto.
-Quiero irme con mamá y papá.
-Sabes que ellos no volverán, Anie, lo sabes.
-¿Pero tú si, verdad?
Hannah la miró a los ojos, le daba pena dejar a su sobrina, pero no tenía más remedio.
-Claro que sí, pequeña, claro que volveré -las dos se abrazaron fuertemente durante un buen rato… hasta que alguien entró al salón.
-Señora Merkel -era la directora-. El cochero dice que se tienen que ir ya.
-De acuerdo -se soltó de los brazos de su sobrina-. Anie, cariño, regresaré pronto, lo prometo -la dio un beso en la frente-. Te quiero.
-Y yo -sollozó la pequeña.
Lo último que vio de su tía fue su largo vestido color esmeralda que tanto le gustaba. Su pelo castaño, largo y con tirabuzones, se movía al movimiento de sus pasos. Vio como se daba la vuelta y le guiñaba un ojo. Luego ya, tras desaparecer del salón, la imagen que apareció fue la de la directora… que parecía más siniestra con esa sonrisa demoníaca que le lanzó a la pequeña.
El Ángel
Si alguna vez tuviera que decidir entre seguir viviendo o vivir sin más, ¿qué elegiría? Alguien pensará que es lo mismo, pero no es así, no en mi situación. La vida en este lugar es horrible. Todo está perdido, las casas, los parques, los bosques, el castillo… todo. Oigo a lo lejos como las fuerzas enemigas avanzan hacia donde me sitúo, la catedral. Este sitio es el único reducto que todavía no han conquistado. Miro a través de las ventanas del interior hacia la planta de abajo. Mujeres, niños y ancianos están rezándole a Dios que esto acabe, que no les hagan nada, que les dejen vivir… Ellos saben cuál es el remedio que los salvaría, pero no lo quieren, no lo ven justo. Pero yo ¿qué? ¿Qué hago? Todo mi pueblo sabe que la única que pueda acabar con todo esto… soy yo. Pero no sé que hacer. Sé que si llegan, a mi no me tocarán, pero… ¿ellos? Acabaran como los guerreros, o aun peor… Necesito tiempo para pensarlo, solo un momento, dadme solo un momento…
Ya lo he pensado, y creo que es lo mejor que se puede hacer en esta situación. Me dirijo a las escaleras y las bajo lentamente, tocando cada trozo de pared para recordarme que sigo viva. En cuanto llego al piso, miles de ojos se posan en mí. Sé lo que piensan, pero yo no podría vivir así, sin ellos… Pasó a través de los bancos hacia la puerta. Justo cuando voy a abrir, noto que alguien me tira del vestido. "Princesa, que la luz te guíe allá adonde vayas". Es un niño rubio de unos 3 años el que me acaba de hablar, y además, me da una rosa roja. ¡Qué bonito! Por gente así, esto merece la pena. Me agacho y le doy un beso en la frente. "Gracias". Cojo la flor y salgo fuera.
Todo el mundo se queda mirando por las ventanas. Avanzo lentamente por el sendero negruzco que hay bajo mis pies. A lo lejos se ve a los enemigos, todavía no se han percatado de mi presencia…
Ya cuando llego se giran, nadie me detiene. Y sé por qué, tienen órdenes de no tocarme, y yo la de seguir adelante. Llego a la tienda que me esperaba, donde está el príncipe Mosón. Uno de sus secuaces entra corriendo a avisarle. Tal insolencia es esa de entrar sin llamar que el guerrero sale despedido por la puerta, ensangrentado. Me giro para ver dónde ha caído, y justo en ese momento escucho un gruñido. Me giro lentamente: aquí, delante de mí, tengo al príncipe Mosón, hijo del rey más malvado de las tierras de Tohr. Se me queda mirando sorprendido por mi actitud.
- Princesa, siempre puedes salvarte… y ya sabes cómo -. De su bolsillo saca una cajita, la misma que había visto años atrás, que contiene un anillo de diamantes. Como siempre, el mismo tema, que me case con él.
- Jamás.
- Muy bien, si esa es tu decisión -. Me mira con ojos desafiantes.
- Sí -. Respira resignado ante mi negativa.
- Lo siento princesa, pero no me dejas otra opción-. Justo cuando me va a coger presa, noto un frío que me atraviesa el estomago, según parece, Anmar, el capitán, me acaba de atravesar con su cruel espada.
- ¿Pero qué hace? ¡La quería viva!
- Lo siento señor, pero su padre me lo ordenó.
- Que demonios, ¡sálvala!
- No, son sus órdenes, y sabe que es lo mejor.
Tirada en el suelo, noto como el príncipe se echa sobre mí.
- Lo siento, lo siento mucho Lena, perdóname -. Hago un último esfuerzo por mirarle a la cara.
- Ahora el reino es tuyo.
- Yo sólo lo quiero si lo gobiernas conmigo.
- Sabes lo que pasaría, tu padre… nos mataría-.
Ya no me quedan fuerzas, cierro los ojos para dirigirme a mi destino... De repente, noto como se acerca a mi oído y me dice "te quiero", abro los ojos, y veo los suyos con lágrimas. Le trasmito con mi mirada que yo también, pero que no, ya nada… su imagen se va de mis ojos y aparece la de Anmar. Me coge y sin más me tira por el precipicio que hay. Lo último que noto, con los ojos cerrados, es como voy cayendo, cayendo, cayendo… un momento, ¿por que me he parado, sino me he dado con nada? La espada… no la noto. ¿Y que es esto que tengo a la espalda? No puede ser, no es posible, no puede ocurrir, ellos desaparecieron hace mucho tiempo, hace 18 años, los que tengo yo ahora… Por fin, ahora ya sí, sé quién es mi madre, y qué le pasó. Su raza fue perseguida y asesinada a los pocos días de nacer yo. Mi padre, el rey Alan, se había casado con… un ángel.
Vuelvo abrir los ojos. El capitán y los guerreros se me quedan mirando. Desprendo una luz blanca que se expande por todo la tierra. Mi gente sale del monasterio sorprendida, menos los ancianos… Sabía que ellos tenían información que yo no conocía. Desplegó mis alas y mando mi magia por el lugar, los guerreros y el capitán se mueren, menos el príncipe, él es el único que merece la pena. Me bajo para cercarme a él, que está arrodillado llorando, le levanto el mentón y me mira sorprendido, no había visto nada de lo anterior.
Sigo volando hacia el cielo, siendo reflejada por los rayos de sol que ya aparecen por el horizonte. Mi mano se separa de la suya lentamente. Sigo subiendo, extiendo mis brazo hacia esa luz blanca que me guía, ya llego a casa, a mi segundo lugar del cual yo pensé que no existía porque...
¿Quién cree en los ángeles si nunca los han visto?
Pues ahora yo sí creo en ellos
¿Y por qué?
Porque nunca he dejado de serlo.
Ya lo he pensado, y creo que es lo mejor que se puede hacer en esta situación. Me dirijo a las escaleras y las bajo lentamente, tocando cada trozo de pared para recordarme que sigo viva. En cuanto llego al piso, miles de ojos se posan en mí. Sé lo que piensan, pero yo no podría vivir así, sin ellos… Pasó a través de los bancos hacia la puerta. Justo cuando voy a abrir, noto que alguien me tira del vestido. "Princesa, que la luz te guíe allá adonde vayas". Es un niño rubio de unos 3 años el que me acaba de hablar, y además, me da una rosa roja. ¡Qué bonito! Por gente así, esto merece la pena. Me agacho y le doy un beso en la frente. "Gracias". Cojo la flor y salgo fuera.
Todo el mundo se queda mirando por las ventanas. Avanzo lentamente por el sendero negruzco que hay bajo mis pies. A lo lejos se ve a los enemigos, todavía no se han percatado de mi presencia…
Ya cuando llego se giran, nadie me detiene. Y sé por qué, tienen órdenes de no tocarme, y yo la de seguir adelante. Llego a la tienda que me esperaba, donde está el príncipe Mosón. Uno de sus secuaces entra corriendo a avisarle. Tal insolencia es esa de entrar sin llamar que el guerrero sale despedido por la puerta, ensangrentado. Me giro para ver dónde ha caído, y justo en ese momento escucho un gruñido. Me giro lentamente: aquí, delante de mí, tengo al príncipe Mosón, hijo del rey más malvado de las tierras de Tohr. Se me queda mirando sorprendido por mi actitud.
- Princesa, siempre puedes salvarte… y ya sabes cómo -. De su bolsillo saca una cajita, la misma que había visto años atrás, que contiene un anillo de diamantes. Como siempre, el mismo tema, que me case con él.
- Jamás.
- Muy bien, si esa es tu decisión -. Me mira con ojos desafiantes.
- Sí -. Respira resignado ante mi negativa.
- Lo siento princesa, pero no me dejas otra opción-. Justo cuando me va a coger presa, noto un frío que me atraviesa el estomago, según parece, Anmar, el capitán, me acaba de atravesar con su cruel espada.
- ¿Pero qué hace? ¡La quería viva!
- Lo siento señor, pero su padre me lo ordenó.
- Que demonios, ¡sálvala!
- No, son sus órdenes, y sabe que es lo mejor.
Tirada en el suelo, noto como el príncipe se echa sobre mí.
- Lo siento, lo siento mucho Lena, perdóname -. Hago un último esfuerzo por mirarle a la cara.
- Ahora el reino es tuyo.
- Yo sólo lo quiero si lo gobiernas conmigo.
- Sabes lo que pasaría, tu padre… nos mataría-.
Ya no me quedan fuerzas, cierro los ojos para dirigirme a mi destino... De repente, noto como se acerca a mi oído y me dice "te quiero"
Vuelvo abrir los ojos. El capitán y los guerreros se me quedan mirando. Desprendo una luz blanca que se expande por todo la tierra. Mi gente sale del monasterio sorprendida, menos los ancianos… Sabía que ellos tenían información que yo no conocía. Desplegó mis alas y mando mi magia por el lugar, los guerreros y el capitán se mueren, menos el príncipe, él es el único que merece la pena. Me bajo para cercarme a él, que está arrodillado llorando, le levanto el mentón y me mira sorprendido, no había visto nada de lo anterior.
Sigo volando hacia el cielo, siendo reflejada por los rayos de sol que ya aparecen por el horizonte. Mi mano se separa de la suya lentamente. Sigo subiendo, extiendo mis brazo hacia esa luz blanca que me guía, ya llego a casa, a mi segundo lugar del cual yo pensé que no existía porque...
¿Quién cree en los ángeles si nunca los han visto?
Pues ahora yo sí creo en ellos
¿Y por qué?
Porque nunca he dejado de serlo.
Never had a dream come true
Sus lágrimas se iban deslizando lentamente por sus pálidas mejillas. Miraba al horizonte intentando encontrar el consuelo que necesitaba en las estrellas. La luna llena le sonreía con su halo de luz. Su cabeza reposaba sobre una piedra que estaba al lado del lago donde ella estaba sumergida. Sus cabellos rubios desprendían una luz blanquecina debido a los pequeños rayos de la luna que se colaban a través de las ramas de los grandes árboles que rodeaban el lago. Un suspiro salió de sus labios. Se deslizó por el agua hacia el lado norte, donde había un pequeño castillo iluminado por las lámparas de gas que colgaban del interior. A través de las ventanas vio a los reyes en su trono, viendo bailar a su hijo, el príncipe Derek. Bailaba una balada con una joven princesa de cabellos rojos que eran fuertemente iluminados por las lámparas. No pudo seguir mirando. Justo cuando se fue a dar la vuelta, Derek la miró. Su cara pareció darse cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo, pero ya era demasiado tarde. La chica desapareció de su vista. Unos segundos más tarde, ella se encontraba en el centro del lago. Ya era hora de su partida. En el fondo había un túnel que comunicaba con el mar. No esperó más, se hundió en el lago para irse de allí para siempre. Lo único que se pudo ver de ella fue su cola de sirena dorada iluminada por los rayos de la luna, porque, a fin de cuentas, ese era su destino, ser una sirena para siempre… para poder salvar a su amado de una muerte anunciada.
Este relato fue un regalo que escribí para la autora Lucía Glez. Lavado
La playa
Vuelvo a mirar el mar por última vez. Las olas llegan a la arena lentas, sin fuerza. El Sol se oculta tras los picos de las montañas a las que doy la espalda. Sus últimos rayos reflejan un mar cauto, adormecido, como si de un ángel se tratara. Miro más allá del horizonte, donde mar y cielo se fusionan mediante llamas doradas. No sé cuando volveré a verlo. Quizá el próximo año, o puede que nunca más. Por eso lo miro siempre de la misma manera, como si fuera la última. Saboreo este atardecer como si fuera un delicioso postre prohibido, como si le estuviera quitando a Dios parte de su visión…
Escucho mi nombre a lo lejos, ya es la hora de mi partida. Saco la cámara de fotos para llevarme este cuadro de recuerdo. Justo cuando voy a dar al botón, me detengo. No, no puedo, la fotografía no sabría plasmar los sentimientos que transmite este lugar, esta situación. Vuelvo a guardarla en mi bolso. Oigo otra vez mi nombre a lo lejos. Ahora sí que me despido. Espero volver, aunque sea tarde, lo único que quiero es volver… Noto como mi chico se me acerca por la espalda. Sus brazos rodean mi cuerpo y apoya su cabeza en mi cuello, mirando el atardecer con ojos nostálgicos. Volveremos-me dice- ya lo verás. Lo sé- respondo.
Escucho mi nombre a lo lejos, ya es la hora de mi partida. Saco la cámara de fotos para llevarme este cuadro de recuerdo. Justo cuando voy a dar al botón, me detengo. No, no puedo, la fotografía no sabría plasmar los sentimientos que transmite este lugar, esta situación. Vuelvo a guardarla en mi bolso. Oigo otra vez mi nombre a lo lejos. Ahora sí que me despido. Espero volver, aunque sea tarde, lo único que quiero es volver… Noto como mi chico se me acerca por la espalda. Sus brazos rodean mi cuerpo y apoya su cabeza en mi cuello, mirando el atardecer con ojos nostálgicos. Volveremos-me dice- ya lo verás. Lo sé- respondo.
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